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Lo que somos. Lo que no

Dos formas de estar, de ser. El Barça del césped. El Barça de Lamine. La Masia. Tan nuestra. Tan universal. Tan estructurada en valores. Tan clara en principios rectores. Y el Barça de Laporta. El primero emociona. El segundo incómoda.

En el campo hubo fútbol. En la grada exabruptos. Cortes de mangas. Provocación. Y no, eso no es el Barça. Ni hoy. Ni nunca. Somos más señores. El Barça no puede ser zafio. No puede ser grotesco. No puede ser un espectáculo paralelo.

El Barça es otra cosa. Es herencia. Es cultura. Es una forma de ser, muy catalana, por cierto. No basta con ganar. Nunca ha bastado. Importa el cómo. Importa el tono. Importa la forma. Se puede celebrar. Pero no así. No desde lo primario. No desde el impulso más bajo. No desde la falta de contención.

Un presidente no es un hincha. No me vale que diga que ahora es candidato. No es un forofo con acreditación. No es un espectador exaltado. Es el rostro institucional del club. Es la imagen que viaja por el mundo de nuestro representante.

Debería, sí, digo debería, ser la referencia moral de la entidad. Y el Barça, guste o no, es algo más que un club. No se puede invocar al 'seny i la rauxa' como coartada permanente. Ni romantizar la falta de control. Ni convertir el exceso en identidad.

El sábado hubo chabacanería. Hubo vulgaridad, y no es la primera vez. Siempre en campaña. Siempre en escena. Siempre sobreactuando. El protagonista no es usted. La grandeza no necesita aspavientos. La autoridad no necesita gritar.

La historia no se defiende con ademanes. Se defiende con comportamiento. Porque los valores no se proclaman. Se demuestran. Ética. Respeto. Mesura. Palabras grandes. ¿Demasiado grandes para Laporta?

La presidencia del FC Barcelona es una exigencia mayor. El presidente debe estar a la altura de la institución. Debe contenerse cuando otros provocan. Debe representar cuando otros se desbordan. Eso es liderazgo. Lo otro es ruido.

Por eso el contraste fue tan evidente. Abajo, en el césped, apareció la otra imagen. La que sí nos representa. La de Lamine. Juventud. Desparpajo. Fútbol sin estridencias. Talento puro. Pero también actitud. No provocó. No gesticuló. No necesitó sobreactuar. Jugó. Y jugando explicó qué es el Barça. Velocidad con inteligencia. Atrevimiento con respeto. Ambición con estilo. Eso sí es identidad.

En el Barça que queremos el palco no es el protagonista. Se construye desde el campo. No se exhibe con cortes de mangas. Se afirma con fútbol. No se grita. Se demuestra. Lamine no habló. No hizo falta. Su manera de encarar. De asociarse. De decidir. Ahí estaban nuestro relato. Formación. Cantera. Talento. Personalidad sin arrogancia.

Ese es el proyecto. No el gesto airado. No la mueca descontrolada. No la permanente campaña. El Barça se proyecta en sus jugadores. En su estilo. En su comportamiento. Y el sábado quedó claro. Hay un Barça que incomoda. Y hay otro que ilusiona. El primero hace ruido. El segundo puede hacer historia. Ojalá sepamos elegir.

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