Durante décadas, en el deporte profesional femenino existía una frontera casi invisible pero muy real: la maternidad. En el tenis, como en muchas disciplinas, tener un hijo solía significar el final de la carrera al máximo nivel. Hoy, esa narrativa está cambiando. Y el circuito WTA es el mejor ejemplo.
El último Open de Australia volvió a poner el foco en un fenómeno que ya no es anecdótico. Por primera vez en la historia del ranking, dos madres —Elina Svitolina y Belinda Bencic— coinciden simultáneamente en el Top-10. Más que un dato estadístico, es la confirmación de una transformación cultural.
En la Era Abierta, solo tres mujeres lograron conquistar un Grand Slam después de ser madres. Margaret Court fue pionera en 1973, levantando tres grandes tras dar a luz. Años después, Evonne Goolagong ganó Wimbledon 1980 ya como madre. La última en lograrlo fue Kim Clijsters, campeona del US Open 2009 y 2010 y del Open de Australia 2011 en su regreso más icónico.
Durante mucho tiempo, esos casos parecían imposibles de repetir. Pero el cambio no solo pasa por levantar trofeos, sino por competir de nuevo al máximo nivel.
La nueva generación de regresos
El caso de Belinda Bencic es paradigmático. Tras ser madre en 2024, volvió al circuito apenas unos meses después y encadenó títulos en Abu Dabi y Tokio, además de alcanzar semifinales en Wimbledon. Su regreso fue rápido, ambicioso y exitoso.
Más progresivo fue el camino de Elina Svitolina, madre en 2022. Volvió a pisar las semifinales de Wimbledon 2023, ganó en Rouen y Auckland y firmó una gran actuación en el último Open de Australia, consolidando su retorno al Top-10. Ambas representan algo más que resultados: demuestran que la maternidad no es incompatible con la élite.
El caso Serena
Serena Williams no logró ganar un Grand Slam tras el nacimiento de su hija Olympia, pero disputó cuatro finales después de atravesar complicaciones médicas graves en el parto. Además, conquistó el Open de Australia 2017 estando embarazada. Su figura marcó un antes y un después en la conversación sobre maternidad y alto rendimiento.
El éxito no siempre se mide en grandes trofeos. Tatjana Maria, tras dos maternidades, alcanzó las semifinales de Wimbledon a los 34 años, rompiendo el mito de la edad como límite infranqueable. Angelique Kerber y Caroline Wozniacki han hablado abiertamente sobre la conciliación, la gestión del calendario y la nueva perspectiva mental que aporta ser madre.
El cambio cultural es tan profundo que incluso jugadoras en plenitud como Aryna Sabalenka reconocen abiertamente que la maternidad forma parte de sus planes sin renunciar a volver después. Hace una década, ese discurso era prácticamente impensable.
Un circuito que evoluciona
La WTA también ha acompañado este proceso con ajustes en el ranking protegido y mayor flexibilidad para los regresos. El tenis femenino empieza a asumir que las carreras no tienen por qué ser lineales ni ininterrumpidas.
Los títulos tras la maternidad siguen siendo raros, pero el verdadero éxito es otro: competir, volver, ganar partidos y recuperar posiciones en un circuito cada vez más exigente. Cada regreso amplía los límites de lo que significa ser atleta profesional.
Hoy, el tenis femenino ya no habla de “retirada por maternidad”. Habla de pausa, de transformación y, cada vez más, de segundas oportunidades que pueden ser tan brillantes como la primera etapa.