El idilio del CE Europa con su condición de anfitrión se ha venido abajo de la forma más inesperada y, sobre todo, lejos de su verdadera casa de Gràcia. Ni el orgullo final, ni siquiera la incondicional comunión con una grada que no dejó de empujar hasta el último suspiro fueron suficientes para evitar lo que no sucedía desde noviembre de 2024: una derrota liguera en casa. Aquel lejano derbi ante el Sant Andreu, disputado el 11 de diciembre de 2024 en Segunda RFEF, era hasta este domingo el último recuerdo amargo de una afición malacostumbrada a no hincar la rodilla ante su gente. Sin embargo, el traslado forzoso a Can Dragó ha terminado por desnudar a un equipo que parece haber perdido su aura de invencibilidad en el exilio.
Los números no mienten y el cambio de escenario le ha sentado de forma indigesta a los hombres de Aday. Mientras que en el Nou Sardenya el balance esta temporada era impecable —6 victorias y 3 empates—, el periplo por estadios ajenos está siendo un calvario tanto logístico como deportivo. La travesía comenzó con un empate en La Bóvila de Gavà ante el At. Madrileño (2-2), y la posterior mudanza a Can Dragó no ha servido para recuperar el pulso ganador: dos empates consecutivos ante Hércules y Tarazona (ambos 1-1) fueron el preludio del 2-3 ante el Torremolinos.
Este tropiezo no solo rompe una racha de ocho partidos sin conocer la derrota (sin contar la Copa Catalunya), sino que supone la primera caída de este 2026 para los escapulados. La imagen inusual de un Europa vulnerable en su nueva “casa” preocupa a una entidad que ve cómo la solidez que le mantenía en la zona noble de la Primera Federación empieza a agrietarse lejos del calor asfixiante de su barrio. En Can Dragó, el césped parece más ancho, la grada más lejana y los puntos vuelan con una facilidad pasmosa. El equipo se mostró gris durante gran parte del encuentro, y aunque el espíritu de supervivencia afloró en los minutos finales, el daño ya estaba hecho.