El tenis moderno genera cada temporada cientos de millones de euros en premios, contratos publicitarios y derechos comerciales. Sin embargo, la mayor fortuna vinculada a este deporte no pertenece a un ganador de Grand Slam dominante ni a un número uno histórico. El primer puesto lo ocupa el rumano Ion Tiriac, un antiguo jugador de los años setenta que jamás conquistó un grande en individuales.
Tiriac, semifinalista de Grand Slam y campeón de dobles en Roland Garros 1970, construyó su verdadero legado lejos de la pista. Tras su retirada desarrolló un potente conglomerado empresarial con presencia en la banca, la automoción, los seguros, la distribución y el sector inmobiliario. Su patrimonio, estimado en torno a 2.300 millones de dólares en 2026, le convierte no solo en la figura más rica del tenis, sino en uno de los empresarios más poderosos de Europa del Este. Su caso ilustra mejor que ningún otro cómo el negocio del tenis puede ser mucho más rentable fuera de la competición que dentro de ella.
Criado en el periodo de postguerra, Tiriac dejó claro las dificultades que tuvo en su infancia en una entrevista. “Fueron tiempos muy duros. No había que comer en Rumania. Se comía lo que se podía. Yo llegué a comer ratas para poder subsistir”, confesó en la ocasión.
El segundo lugar sí pertenece a una leyenda indiscutible. Roger Federer superó la barrera de los mil millones de dólares y se convirtió en el primer gran icono del tenis que alcanza la categoría de deportista multimillonario. Paradójicamente, solo una pequeña parte de ese dinero procede de sus éxitos deportivos: alrededor de 131 millones en premios. La mayor fuente de ingresos del suizo han sido los patrocinios y, especialmente, su participación accionarial en la marca de zapatillas On, cuyo crecimiento en bolsa disparó su patrimonio.
La tendencia se repite con Novak Djokovic. El serbio posee el récord histórico de títulos de Grand Slam y también el de ganancias en premios, cerca de 192 millones de dólares, pero la mayor parte de su riqueza procede de contratos comerciales, derechos de imagen y sus propias empresas. Sus ingresos totales superan ya el medio millar de millones, una cifra impensable en el tenis de hace apenas dos décadas.
Un caso similar es el de Rafael Nadal. El español ha construido una fortuna superior a los 400 millones gracias a patrocinios de primer nivel, inversiones inmobiliarias y su academia de formación, que se ha convertido en una marca internacional. Su carrera demuestra cómo la figura del tenista ha pasado de ser únicamente un deportista a convertirse en un activo empresarial.
Entre las mujeres, Serena Williams simboliza mejor que nadie esa transformación. La estadounidense sigue siendo la jugadora que más dinero ha ganado en premios, pero su crecimiento económico llegó con su fondo de inversión, Serena Ventures, desde el que participa en empresas tecnológicas y startups. Su influencia empresarial la ha situado entre las deportistas más poderosas del mundo.
También Maria Sharapova convirtió su popularidad en negocio global. Aunque sus premios en pista fueron relativamente modestos en comparación con su fama, los contratos publicitarios y sus proyectos empresariales tras la retirada multiplicaron su patrimonio. Antes, Andre Agassi ya había abierto ese camino en los años noventa, cuando sus acuerdos con grandes marcas deportivas marcaron una nueva era comercial en el circuito.
Cierra este grupo Andy Murray, cuyos ingresos combinan premios, patrocinios e inversiones, especialmente en hostelería y moda en el Reino Unido, reflejando un patrón cada vez más habitual entre los tenistas de élite: planificar la carrera económica pensando en la retirada.
La conclusión es clara. El tenis ha evolucionado de un deporte profesional a una industria global del entretenimiento y la marca personal. Ganar torneos sigue siendo importante, pero no es lo que realmente determina quién acaba siendo el más rico. El mejor ejemplo lo representa Tiriac: sin dominar la pista, terminó dominando el negocio.